Hemeroteca: El ladrón de tumbas que murió de terror |

Domingo, 19 de Noviembre de 2017 \ Edición España

'Estoy en el borde de los misterios y el velo es cada vez más y más delgado.'(Louis Pasteur)



Hemeroteca: El ladrón de tumbas que murió de terror

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Asegurándose de que nadie les veía, los dos hombres saltaron agilmente la tapia del cementerio. No era la primera vez que “visitaban” ese campo santo y aquel tipo de trabajo se había convertido ya en una rutina para ellos. Aquella misma mañana se habían enterado a través de la sección de necrológicas de un periódico local del fallecimiento de don Ignacio Alcázar.  Su reciente entierro con todo la pompa y boato que una persona de su categoría era merecedor implicaba que al bueno de don Ignacio se le habría enterrado con algo más que un bonito traje. Tras pasar por delante de dos panteones decrépitos y casi caer dentro de una fosa recién excavada los ladrones localizaron por fin la tumba de Don Ignacio. Uno de ellos apuntó con la débil luz de su lámpara de aceite la lápida del difunto mientras el otro sacaba las herramientas de una bolsa que había visto mejores días. De repente un sonido ahogado resonó cerca de ellos.

-¿Has oído eso?- Preguntó uno de los ladrones al otro.

-¿El qué?

-Como un gemido. -Contestó el ladrón de la luz y ambos permanecieron un momento en silencio y escucharon.

-Serán imaginaciones tuyas, como siempre. Parece que fuera tú primera vez.- Le reprochó molesto y tras un incómodo silencio le lanzó una gruesa palanca para retirar la lápida de piedra del sepulcro. No con poco esfuerzo entre resoplidos y maldiciones la losa fue cediendo. Finalmente cayó al suelo partiéndoso justo por la parte en que una cruz había sido tallada. Aquello no le pareció un buen augurio al ladrón menos veterano pero prefirió no decir nada para evitar otro comentario de su compinche. Colocaron el soporte para la soga y hecho esto ataron a su vez el ataud  del cual comenzaron a tirar con fuerza para subirlo mientras una suave neblina comenzaba a inundar el campo santo.

-¡Mira!¡Menudo crucifijo! Seguro que por esto nos dan una pasta. Y pesa un montón.- Comentó el ladrón menos remilgado mientras arrancaba el cristo de la tapa del ataud. El otro contemplaba como su amigo forzajeaba con los clavos hasta que con un ruido espantoso la cruz cedió y se separó de la madera. Triunfante miró su botín. -Ayúdame a abrirlo- dijo presuroso con los ojos de la codicia reflejados en su rostro. El otro hombre se acercó mientras pensaba que quizás debería cambiar de vida y dedicarse a algo más honrado que andar robando a los muertos. Quizás, robar a los vivos…  

Al abrir el ataud ambos esperaban que el olor del cuerpo en descomposición les golpeara pero en vez de eso un suave olor a alcanfor parecía salir del féretro. Aquello extrañó al ladrón más experto pero tras un momento de indecisión se encogió de hombros y comenzó a urgar entre los bolsillos del cadáver. Al acercar  la lámparilla  que les alumbraba un magnífico reloj de oro destelleó a la luz de la llama. 

-De esta nos retiramos.- dijo entusiasmado  y al posar sus manos sobre el reloj  un grito como nunca antes había escuchado les heló la sangre.  El cadáver gritaba. El ladrón que portaba la luz dejó caer la lámpara y asustado retrocedió y cayó de culo.  Aquel grito sobrenatural resonaba en su cabeza como si surgiera de su propia mente. Buscó a tientas la lámpara que se le había caido y levantó la luz para descubrir con horror que el cadáver se había incorporado de cintura para arriba y asía con fuerza a su compañero que gritaba casi tan alto como el difunto. Él a su vez intentaba gritar pero ningún sonido pareció salir de su garganta. Tras unos segundos angustiosos observó como el cuerpo de su compinche se desplomaba entre los brazos de aquel retornado que con mirada sorprendida y asustada  se giró para mirar al aterrorizado ladrón. En un último gesto, el cadaver abrió la boca para acontinuación volver a desplomarse sobre el féretro.

El saqueador hechó un último vistazo a los ojos  de su socio que en un ictus mortal miraban al vacio con una mueca de terror absoluto y como alma que llevaba el diablo abandonó el campo santo para no volver jamás. 

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La Unión madrid 1882 23/9/1887 pag2

El 23 de Septiembre de 1882 el periódico La Unión de Madrid se hacía eco de una noticia publicada en un periódico de ecuador llamado El Espectador de Quito  la cual era digna de una historia de Edgar Alan Poe.  En ella se contaba el hayazgo de una sepultura profanada en un cementerio de esa ciudad pero con la peculiaridad de haber hayado al fallecido firmemente agarrado al supuesto asaltante de su última morada.  De lo escabroso de el asunto se especula la historia que he querido reflejar en la introducción de este artículo de la hemeroteca del misterio.  Y es que hay que tener muy en cuenta que durante finales del s.XIX y principios del s.XX los enterramientos prematuros estaban a la orden del día. Es muy probable que el infeliz protagonista de nuestra historia podría haber sido enterrado vivo y al ser movido por alguno de los ladrones reviviera causando un susto de muerte al caco. Tampoco sería inverosimil pensar que el resucitado al verse en tal situación y en el cementerio sufriría un nuevo ataque en esta ocasión (esperemos) fatal y definitivo.  A continuación la nota al completo de tan peculiar suceso que si bien curioso no deja de estremecer .

En El Espectador, de Quito (República del Ecuador), explica D. Juan Montalvo, el siguiente horrible suceso: «Lo que acaba de suceder en Quito es extraordinario y aterrante: D. Ignacio Alcázar, persona de viso, como cuñado de D. Gabriel García Moreno, había muerto. Fué enterrado con la solemnidad correspondiente á su cualidad y puesto, y todos, amigos y deudos, le echaron encima el puñado de polvo del olvido. Al día siguiente, el ataúd, roto, estaba fuera, y el cadáver tenía entre sus brazos otro cadáver fuertemente asido. ¿Cómo se explica este misterio? El diario donde he leído con viva emoción esta aventura de difuntos no da explicación, limitándose á suponer que un ladrón nocturno fué aprehendido por el muerto en el acto del robo. Si esta nefanda empresa de un ladrón de cementerio es fundada, don Ignacio Alcázar había sido enterrado vivo: y esto vuelve horriblemente trágico el acontecimiento. Despertado por la manipulación impía de que era objeto, en uno como sueño pesado ó en relámpago de vida delirante, abrió los brazos y apretó al violador de su sepultura. Este de sorpresa, de terror, quedó muerto contra el pecho del difunto, el cual volvió á morir (?) por falta de auxilio humano